Yo sé que dentro de dos meses me voy a quejar.
Me voy a quejar (a mi mismo, porque no tendría sentido quejarme con otros) porque no tengo tiempo. Porque, en el fondo, esta carrera no es una muy redituable como podría ser ingeniería. Es de sociales, obvio.
Mi viejo quería que sea ingeniero industrial. Era bueno en matemáticas; fui a las olimpíadas y todo. Pero yo quería hacer lo que me gustaba, e hice bien.
No me arrepiento de eso; sé que no hago esta carrera “como una inversión” (muchos piensas sus estudios de esa manera), la hago, simplemente, porque me gusta.
Pero no puedo dedicarle poco tiempo. Me mata, pero soy así: no tengo ningún apuro por terminarla: tengo laburo y no me va mal; podría hacer esta carrera “más tranquilo”. Pero no puedo, me supera.
Este lunes empiezan las clases. Yo las extrañaba, sin embargo sé que en dos meses me voy a quejar.
Es como el eterno problema entre invierno y verano.
En julio queremos calor.
Hoy, trocaría una casa por un buen aire acondicionado.
Acá es igual; en vacaciones, tengo “mucho tiempo libre” (?), y, en mi caso, el tiempo libre es muy caro: voy más seguido al cine, voy al teatro, voy más tiempo al club.
“Hola Tyncho! ¿Tenés ganas de ir a ver “El último encuentro”? Me dijeron que está muy buena. Ah... ¿estás corto esta semana? No te hagas drama, la próxima invitás vos.”
Camino por Corrientes y pregunto en las librerías por libros que nunca conseguí, y justo ése día (justo!) se murió el abuelo de no-se-quién, les vendieron la biblioteca y ahí estaba: el libro imposible de encontrar.
Definitivamente no podría vivir mucho tiempo a este ritmo.
Además, extraño conocer gente nueva en la clase; extraño hablar de política en el bar mugriento de sociales; extraño esa mística que tiene el edificio, lleno de carteles y graffitis en las paredes que, a pesar de que está todo roto y se cae abajo, me encanta que sea así.
No creo que yo pudiera ir a facultad totalmente limpia y con olor a hospital. Toda desinfectada.
En el fondo, yo se que la extraño.
Pero también sé que, dentro de dos meses, me voy a quejar.
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Es posible que es esas cosas haya que encontrar un balance.
El problema con eso es que, ante el más mínimo cambio, ese equilibrio se pierde. Y si uno insiste en mantenerse igual, puede perder mucho en el intento.
Hay que moverse todo el tiempo, adecuándose a las variaciones de la vida y disfrutar de ese camino.
Y ése movimiento, a su vez, transforma, dentro de lo que nos rodea, el mundo todo. Somos impulsores, en parte, de aquellos cambios a los que luego nos cuesta adaptarnos. Vivimos en una constante búsqueda de equilibrio que, cuando llega, lo tenemos que abandonar por otro.
Sólo nos queda, entonces, disfrutar del cambio.
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Este corto de los hermanos Lauenstein fue creado en Alemani en 1989, y me dejó pensando mucho tiempo después de que lo había visto.
Tanta repercusión tuvo y tantas veces lo pasaron por televisión en su momento que les permitió a los hermanos establecer su propia productora.
Ganador de innumerables premios, entre ellos el Óscar a la mejor animación.

